Hay personas que siempre están ahí, y puede ser que esa persona seas tú.
Si siempre te acuerdas de preguntar cómo ha ido esa conversación importante o esa reunión del trabajo, si eres de las que encuentran un hueco aunque tengas el día complicado y te falten horas para tus propias cosas, si sabes escuchar y sueles darte cuenta de que algo va mal incluso antes de que nadie diga nada.
Te gusta cuidar de las personas que quieres, ayudar cuando alguien lo necesita y saber que pueden contar contigo. Y no hay nada malo en eso. Sentirnos importantes para los demás forma parte de nuestras relaciones.
Sí, eres TÚ.
Pero ¿qué ocurre cuando empiezas a sentir que, para que te quieran, tienes que estar siempre disponible?
Cuando decir que NO te hace sentir egoísta. Cuando te cuesta pedir ayuda, pero te resulta casi imposible no ofrecerla. O cuando acabas agotada y, aun así, sientes que no estás haciendo suficiente.
A veces, detrás de esa necesidad de estar para todos, hay algo más que generosidad: la sensación de que nuestro valor depende de cuánto somos capaces de dar.
Quizá llevas tanto tiempo ocupándote de los demás que apenas te planteas si realmente quieres hacerlo y si para ti ocuparte de los demás se ha convertido en una obligación.
Si alguien tiene un problema, intentas solucionarlo. Si notas que una persona está triste, buscas la manera de animarla. Y si alguien te pide un favor, tu primera reacción es pensar cómo vas a organizarte para poder ayudar.
Incluso cuando estás cansada. Incluso cuando tienes tus propios problemas.
Al principio puede resultar gratificante y sí, sé que te gusta sentirte útil, querida, importante. Pero, poco a poco, esa forma de relacionarte puede convertirse en una responsabilidad que no te deje descansar porque ahora ya no solo es que quieras, sino que sientes que TIENES que hacerlo.
Y ahí en tu cabeza empiezan a rondar preguntas incómodas:
…Si dejo de estar siempre para los demás, ¿seguirán contando conmigo?
¿Cómo aprendemos a sentirnos valiosas siendo necesarias?
Nuestra autoestima no se construye al margen de nuestras relaciones, al contrario, desde pequeñas vamos aprendiendo cosas sobre nosotras mismas a través de cómo nos miran, nos responden y se relacionan con nosotras las personas importantes de nuestro entorno.
Quizá recibías reconocimiento cuando eras responsable, cuando no dabas problemas o cuando ayudabas en casa. Tal vez aprendiste a estar muy pendiente del estado de ánimo de alguien cercano, porque saber cómo se encontraba te ayudaba a anticipar lo que podía ocurrir.
O puede que hayas vivido relaciones en las que expresar tus necesidades resultaba difícil, mientras que atender las de los demás parecía una manera más segura de sentirte cerca.
No tiene por qué haber una experiencia concreta detrás de este patrón, ni todo se explica por la infancia. Nuestra forma de vincularnos se construye a partir de muchas experiencias a lo largo de toda nuestra vida y eso hace que a veces acabemos incorporando una especie de regla que apenas cuestionamos: si soy útil, si no molesto y si estoy cuando me necesitan, será más fácil que me quieran.
El problema es que una estrategia que quizá nos ayudó a sentirnos aceptadas en algún momento puede acabar limitándonos en nuestras relaciones actuales.
El cansancio de estar siempre pendiente de los demás
Cuando sientes que solo tú sostienes las cosas o parece que los demás dan por hecho que siempre estarás disponible y no sientes la misma preocupación hacia ti, puede aparecer una mezcla de agotamiento, enfado y culpa.
A veces, lo que mantiene ese círculo no es únicamente lo que los demás te piden, sino también lo que sientes cuando intentas dejar de hacerlo.
¿Y si digo que NO y decepciono, genero un conflicto o esa persona que es importante se aleja? Tampoco me cuesta tanto… Y terminas diciendo que sí y sientes alivio momentáneo… pero te vas desgastando.
Y es importante que entiendas que poner límites no significa dejar de cuidar.
Una de las cosas que más cuesta cuando estamos acostumbradas a ocupar ese lugar es aceptar que los demás pueden sentirse decepcionados con nosotras y que cuidar de alguien no significa hacernos responsables de todas sus emociones, decisiones o dificultades.
En una relación cercana es natural apoyarnos, preocuparnos y estar presentes cuando las cosas se complican, pero necesitas pensar si puedes elegir cómo acompañar o si sientes que no tienes otra opción. Porque una relación en la que solo hay espacio para las necesidades de una persona acaba dejando a la otra sin sitio.
Poner límites no consiste en volverse distante ni en dejar de preocuparse. Consiste en reconocer que nuestras necesidades también cuentan, incluso cuando alguien a quien queremos necesita algo de nosotras, y aprender a valorarte más allá de lo que ofreces. Pregúntate qué necesitas TÚ.
Por eso, trabajar la autoestima no consiste únicamente en aprender a decir que no o en repetirnos que somos suficientes. También implica revisar esas ideas que hemos ido construyendo sobre nuestro valor, reconocer qué sentimos cuando no cumplimos las expectativas de los demás y empezar a relacionarnos de una manera diferente.
A veces el cambio comienza en situaciones pequeñas: permite que alguien resuelva su propio problema, pide ayuda sin sentir que tienes que devolver el favor inmediatamente o di que hoy no puedes, aunque sepas que la otra persona preferiría otra respuesta. Y si aparece culpa, entiende que no estás haciendo algo malo, sino aprendiendo a actuar de forma distinta.
Y es precisamente a través de esas experiencias como podemos empezar a comprobar que nuestras relaciones no tienen por qué depender de estar siempre disponibles. Que puedes ser querida también cuando necesitas descansar, cuando no tienes una solución o cuando eres tú quien necesita apoyo.
Aprende a cuidar de los demás sin dejarte fuera.
Porque quizá no necesitas aprender a querer menos a los demás.
Quizá necesitas empezar a incluirte a ti también entre las personas a las que cuidas.

