Hay relaciones de las que sabemos que necesitamos alejarnos.
Sabes que no te conviene. Has hablado de ello mil veces con tus amigas y puedes enumerar las razones una y otra vez. Incluso has hecho la maleta mentalmente cientos de veces. Y, aun así, te quedas o vuelves después de distanciarte un tiempo.
Tienes claros los motivos: hay situaciones que te hacen sufrir, conversaciones que se repiten, cosas que necesitas y que no estás recibiendo…
Y, sin embargo, cuando llega el momento de alejarte, algo cambia.
Empiezas a recordar los momentos buenos. Te preguntas si quizá esta vez será diferente. Sientes ganas de escribirle, de saber cómo está o de intentar explicarte una vez más.
Entonces aparece otra pregunta, a veces acompañada de culpa: “si sé que esta relación me hace daño, ¿por qué me cuesta tanto dejarla?”
La respuesta no suele ser tan sencilla como porque tienes miedo a estar sola o porque dependes emocionalmente de esa persona. Entender que una relación te está haciendo daño y sentirte preparada para salir de ella son procesos distintos.

Entonces, ¿por qué es tan difícil alejarse de alguien que te hace daño?
Cada relación tiene su historia y cada persona llega a ella con experiencias, necesidades y circunstancias diferentes, así que siento decirte que no te puedo dar una única explicación.
Aun así, sí hay algunos procesos psicológicos que pueden ayudarnos a entender por qué, a veces, seguimos vinculadas a alguien incluso cuando la relación nos está haciendo sufrir:
Porque también hay un vínculo con esa persona
Y todavía puede haber cariño, intimidad, recuerdos compartidos, proyectos, costumbres y experiencias en las que te has sentido querida o acompañada.
Todo esto importa, no solo existen los momentos difíciles. Pero recuerda que sentir afecto no significa que la relación sea buena para ti.
A veces, una de las partes más dolorosas de alejarse es aceptar que puedes querer a alguien y, al mismo tiempo, reconocer que la manera en que os relacionáis te está haciendo sufrir.
Porque sigues esperando que algo cambie
Quizá después de una discusión llega una conversación tranquila en la que reconoce lo ocurrido, te pide perdón o te promete que las cosas serán diferentes. Puede que incluso durante un tiempo parezca que es así.
Y eso alimenta tu esperanza de recuperar los momentos en los que la relación funcionaba. Pero tienes que observar si los cambios se mantienen en el tiempo o si, después de cada reconciliación, acabáis volviendo al mismo punto. No puedes sostener una relación por la posibilidad de que algún día ocurra.
Porque volver a acercarte puede aliviar el malestar, aunque sea temporalmente
Este punto es especialmente importante.
Imagina que después de una discusión decides no escribirle. Al principio estás convencida, pero pasan las horas y empiezas a sentir ansiedad, tristeza o una necesidad intensa de saber de ella.
Finalmente, escribes y notas alivio. Sabemos que las conductas que reducen un malestar de manera inmediata pueden volverse más probables, incluso cuando a largo plazo mantienen la ansiedad o el malestar. Lo que te calma a corto plazo está manteniendo el sufrimiento a largo plazo.
Porque cuando una relación es inestable, recibimos el “premio” cuando estamos bien, y cuando la cosa no funciona seguimos esperando de nuevo la subida. El refuerzo intermitente es uno de los vínculos más potentes que existen.
Porque alejarte también implica afrontar una pérdida
Terminar una relación no supone perder únicamente a esa persona. Tienes que despedirte de una idea de futuro, de proyectos que imaginabas compartir, de una rutina o de la esperanza de que la relación llegara a ser lo que necesitabas. O echas de menos la versión de esa persona que era al principio o que aparece en ciertos momentos.
Tomar distancia puede despertar emociones propias de un proceso de duelo y sentir tristeza, enfado, nostalgia, culpa, alivio y dudas.
Recuerda que una persona no puede dejar de importarte de un día para otro.
Porque algunas creencias sobre ti misma pueden hacer más difícil la decisión
Lo que pensamos acerca de nosotras mismas influye en cómo interpretamos lo que ocurre en nuestras relaciones.
Pueden aparecer ideas como:
…quizá estoy pidiendo demasiado
…todas las parejas tienen problemas
…si me esfuerzo un poco más, conseguiremos estar bien
…no sé si encontraré a alguien que me quiera
…debería ser capaz de arreglarlo
No siempre somos plenamente conscientes de estas creencias o las damos por ciertas sin detenernos a cuestionarlas. Necesitamos comprender de dónde vienen, comprobar hasta qué punto se ajustan a la realidad y explorar otras maneras de interpretar lo que estamos viviendo.
Comprender tu manera de vincularte puede ayudarte a identificar patrones. A veces, antes de tomar una decisión, puede ser útil empezar por observar lo que está ocurriendo con algo más de claridad y recuperar capacidad para tomar decisiones.
Empieza a escucharte, comprende qué te mantiene ahí y date espacio para decidir qué quieres hacer con ello.

