El trauma relacional en la infancia: cómo se crea y por qué te sigue acompañando de adulta

Ansiedad y estrés, Trauma y regulación emocional

La mayoría de las personas que hemos crecido en hogares difíciles no empezamos diciendo “sufrí un trauma”. Solemos decir que “fue complicado”, que “no lo tuvimos nada fácil” y que “al final salimos adelante”.

Creemos que el trauma solo pertenece a quienes vivieron algo impactante en un momento concreto. Pero el trauma relacional casi nunca llega así. Se va formando en el día a día, en esas interacciones cotidianas que se suponía que debían ser seguras… y no lo fueron del todo.

A veces el adulto era cariñoso un día y frío o aterrador al siguiente.

A veces estaba en casa, pero emocionalmente lejos.

A veces estaba tan ocupado con su propia angustia que no quedaba sitio para ti.

La repetición de muchas experiencias pequeñas va dejando una huella profunda que afecta a cómo uno se siente consigo mismo y con los demás. Y entender esto te ayuda a cambiar la mirada y comprender por qué has podido tener un hogar aparentemente estable… y aun así crecer con una profunda dificultad para confiar, para sentirte suficiente o para sostener la intimidad.

Y convierte lo que vivías como un fallo personal en lo que realmente fue: una respuesta del sistema nervioso a un entorno que no te ofreció suficiente seguridad emocional.

Te preguntarás… ¿cómo se forma esta herida?

El trauma relacional nace dentro de las relaciones más importantes de la infancia, sobre todo con quienes debían cuidarte. La herida aparece dentro del vínculo, y es esa relación la que marca todas las relaciones que vendrán después.

Se ha ido construyendo con experiencias crónicas: un adulto emocionalmente ausente, cuidados que pasaban del cariño a la hostilidad, mensajes repetidos de que eras insuficiente, tener que cuidar las emociones del adulto, crecer viendo violencia o conflictos constantes, o una falta de límites claros entre tú y la persona que debía cuidarte.

También el abuso físico o sexual que viene de esa figura de referencia, porque ahí se une el daño con una traición profunda al vínculo.

Lo que todas estas experiencias tienen en común es que ocurrieron dentro de la relación de la que más dependías para sobrevivir, y es esa dependencia la que hace que se convierta en algo tan arraigado.

Y… ¿por qué esos primeros años pesan tanto?

En la infancia el cerebro se está construyendo en respuesta a la experiencia relacional.

El sistema de apego no es un capricho sino un instinto de supervivencia. Un bebé no puede calmarse solo, sino que necesita alguien que le regule, que le diga con su presencia que la amenaza ha pasado.

Cuando eso ocurre de forma suficientemente constante, el niño desarrolla un modelo interno de seguridad: “puedo confiar”, “merezco cuidado”.

Pero cuando los cuidados son impredecibles, generan miedo o no existen, ese modelo se construye alrededor de otras conclusiones: que la cercanía es peligrosa, que los demás no son fiables, o que la angustia hay que manejarla sola.

Puede provocar un sistema de activación crónica. Y no es debilidad. Es ADAPTACIÓN.

El problema es que esa adaptación, que te fue tan útil entonces, se convierte después en fuente de sufrimiento.

Y el problema es que esa herida NO se queda en el pasado.

Puede aparecer como…

…un miedo intenso al abandono o, al contrario, como una dificultad real para mantener relaciones cercanas,

…una autocrítica que no descansa o una sensación profunda de no ser suficiente, aunque el entorno perciba lo contrario,

…reacciones emocionales que parecen desproporcionadas o un aplanamiento emocional,

…o una tensión crónica en el cuerpo y esa sensación de estar siempre en guardia.

Muchas veces se siente como una verdad sobre uno mismo, confundiéndose con la propia identidad, un “soy así”, en vez de como una herida que se puede mirar y sanar.

Porque SÍ, se puede trabajar, y no consiste en borrar lo vivido ni en volver a un estado anterior sin daño. Se trata de entender esos patrones y por qué aparecen y reaprender para cambiarlos poco a poco, mejorando la capacidad de estar presente, de confiar y de sentir que la cercanía ya no es solo amenaza.

Y las condiciones que ayudan a sanar son lo opuesto a las que generaron la herida: seguridad constante, conexión emocional y la experiencia real de ser visto y comprendido dentro de una relación.

El trauma se aprendió en relación y se puede actualizar también dentro de la relación con los demás.

Sanar no significa que el pasado no haya ocurrido, significa que el pasado ya no tiene por qué controlar tu presente.

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Mercedes Picazo, psicóloga general sanitaria en Albacete
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